N° 157 - Domingo 06 de Octubre 2002
 

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ROSANNA DI TURI / LAURA HELENA CASTILLO
FOTOGRAFÍAS RAMÓN LEPAGE

 
Estas son las historias detrás de algunas de las mayores invenciones realizadas en Venezuela: unas –como la orimulsión y la cuchilla de diamante, por ejemplo– han sido adoptadas en todo el planeta; otras –como la ubicua Tosty Arepa– revolucionaron hábitos cotidianos dentro del país.

Hallazgos que dieron la vuelta al mundo


Inventos hechos en casa

Proceso Finmet para convertir hierro mineral en metálico
Con todos
los hierros



Alberto Hassan

Presidente de Orinoco Iron.
Está a la cabeza de una de las plantas procesadoras de briquetas de hierro más grandes y poderosas del planeta, ubicada en Puerto Ordaz, estado Bolívar. El país que importa la mayor cantidad del mineral es Estados Unidos (65%), seguido de España (25%) y el resto lo conforman Francia, Bélgica e Italia.

Los eventos se sucedían con el aliento polvoriento de Oficina Número 1 de Miguel Otero Silva: la vida adosada al mineral, los sueños terrosos, extranjeros inciertos y criollos “resteados”, las tardes oxidadas y las ganas perversas de ganarle la contienda a la naturaleza. El hierro –y no el petróleo de la literatura– era la poderosa bestia a domar: hay demasiado de este material en las minas del sur del país, pero, en su estado puro, tiene poca gracia. Entonces, faltaba un proceso para convertir el hierro mineral en metálico, susceptible a ser utilizado en las industrias del acero y unas cuantas más. Ya el grupo extranjero, que compartía responsabilidades con los locales en el proyecto, había armado en Puerto Ordaz un monstruo de herrajes que no lograba procesar exactamente lo deseado. Al tiempo, abandonaron el proyecto y el reto quedó en manos de los venezolanos. Martillazos y tuercas mediante, se inventaron un proceso llamado Finos Metalizados (Finmet) que se ha convertido en una conquista internacional. “Este proceso no es muy sexy”, aclara Alberto Hassan, presidente de Orinoco Iron –empresa que se fundó a partir del proceso de Finmet y que forma parte de una asociación entre la división IBH de Sivensa y la empresa Australiana BHP–. Se trata de un procedimiento de reducción directa, el cual, gracias a la aplicación de gases dentro de unos reactores –donde el sólido se comporta como si fuera líquido–, le extrae el oxígeno al hierro en polvo. Finalmente, es compactado y convertido en briqueta.

"Somos los primeros exportadores de briquetas en el mundo"

“En el mundo hay pocos procesos de reducción directa que aprovechan el polvo del hierro. Esta planta es la única en el mundo que trabaja con material fino sin procesamiento previo. En el país, 80% del hierro de las minas está en polvo y antes se desperdiciaba”, explica Randy Salas, vicepresidente de Orinoco Iron. En 1990, Orinoco Iron obtuvo las tres primeras patentes del resto que estaría por venir: “Nos fuimos a patentar por el mundo y tenemos 24 patentes originales”, suma Hassan. En este caso hay innovaciones tanto de procesos como de equipos: “Estamos muy orgullosos de nuestro proceso. Somos los primeros exportadores de briquetas en el mundo y, sin falsa modestia, fabricamos el mejor producto de la industria siderúrgica. Este es un caso curioso porque en lugar de comprar tecnología extranjera, la exportamos. Mandamos a ingenieros con sus familias –y hasta con las suegras– a enseñar las técnicas”, reporta Hassan.





Orimulsión
El combustible
cool

En las clases de geografía del colegio, los mapas ilustrativos de la producción petrolera siempre señalaban una gran franja que se sabía abarrotada de crudo extra pesado, pero imposible de aprovechar. De alguna manera, ese territorio –conocido como Faja Bituminosa del Orinoco– era la esperanza negra de que este país tenía futuro para rato.

El problema es que, hasta hace unos 20 años, no se sabía de qué forma extraer, transportar y usar ese espeso mineral. El primer escollo a superar era hallar la forma de trajinar el bitumen, debido a su notable viscosidad. Por lo tanto, los primeros logros también apuntaron hacia ese sentido: gracias a la investigación constante de Intevep –centro venezolano generador de tecnología que cuenta con más de 1.140 patentes– se determinó emulsificarlo en agua y así se logró trasladar hasta los centros de refinación.


“Los primeros esbozos investigativos referidos a la tecnología de emulsiones los lideró el químico Ignacio Layrisse en los años 1978-79”, rememora Antonio Cárdenas, Gerente de Asistencia Técnica de Bitor. Luego vendría la siguiente etapa, destinada a encontrarle una utilidad moderna y contundente a dicho crudo: “En 1985 se reunieron los grupos de Intevep para estudiar la factibilidad de usarlo como combustible. Finalmente, en 1988 se crea, dentro de Pdvsa, Bitor –Bitúmenes del Orinoco– y ese mismo año se exporta el primer cargamento a escala comercial, dirigido a la planta eléctrica Chubuelectric, en Japón”, relata Cárdenas. Entonces, a esa fórmula creada para sacar provecho a los bitúmenes de la Faja del Orinoco –que ya va por su cuarta generación– y usarlos como combustibles, se le conoce como Orimulsión. Todo el modelo fue desarrollado por venezolanos y representa uno de los inventos más significativos de este siglo. “Es casi imposible nombrar a todos los actores que participaron en el desarrollo tecnológico de la Orimulsión. Ingenieros, operadores e investigadores han contribuido en las diferentes etapas del proceso”, dice Cárdenas, evitando herir susceptibilidades.

"Es el mejor entre los llamados negros fósiles y no genera problemas ecológicos"

El competidor natural de la Orimulsión venezolana es el carbón. Frente a éste, tiene importantes ventajas: produce menos emisiones, tiene más poder calorífico y su manejo es menos engorroso. Además, ya no hay dudas sobre el impacto ambiental de la Orimulsión: el año pasado la Enviromental Protection Agency, máxima autoridad ambiental de Estados Unidos, determinó que es el mejor combustible entre los llamados negros fósiles y no genera problemas ecológicos. Está claro: es cool.

 

La cuchilla de diamante
El corte
más fino




Dr. Humberto Fernández-Morán
Imposible resumir el CV de este venezolano brillante, nacido en Maracaibo en 1924. Médico, biofísico, neurólogo, fue pionero en la microscopía electrónica. Además de la cuchilla de diamante, creó el criomicroscopio electrónico. Fundó el Instituto Venezolano de Investigaciones Neurológicas y Cerebrales, fue investigador del proyecto Apolo de la NASA y murió en Estocolmo, condenado al ostracismo por quienes no perdonaron que, durante 10 días, fuese ministro de Educación durante el mandato de Pérez Jiménez. (Más información en: http://cbe.ivic.ve/hfm.html).




Modelo comercial de la cuchilla de diamante
El científico venezolano Humberto Fernández-Morán tuvo sobradas razones para pasar a la historia con honores. Uno de esos méritos, quizá el más celebrado, lo consiguió cuando estaba en la veintena de edad, trabajaba en Estocolmo como microscopista electrónico junto al profesor Manne Siegbahn (Premio Nobel de Física) y llegó a la conclusión de que la cuchilla de vidrio no era suficiente en los cortes necesarios para llegar a la esencia de las cosas y escudriñarlas a través del microscopio. “Por ello, comenzó a experimentar con otros materiales como zafiros, rubíes o los diamantes de Sudáfrica que utilizaban en aquel laboratorio. Hasta que su padre le envío unos diamantes venezolanos. Ésos sí los pudo cortar en láminas finas y crear la cuchilla de diamante”, explica Raúl Padrón, jefe del Departamento de Biología Estructural del IVIC. Fernández-Morán consiguió una cuchilla capaz de hacer unos cortes tan microscópicos, que escapan a los cálculos de cualquier mortal que mida las cosas en milímetros. Valga una minúscula referencia: es capaz de cortar un glóbulo rojo en 160 secciones y el filo de diamante es apenas de 26 a 65 átomos. Aparte de ser utilizada para cortes de tejidos biológicos, la cuchilla ha tenido usos inesperados. Así, se usó para diseccionar las muestras lunares que trajeron los astronautas, ya que Fernández-Morán también trabajó en el programa espacial Apolo de la NASA.

La relevancia del invento no permite divisiones. “Si no se hubiese inventado la cuchilla de diamante, muchos avances de la microscopía electrónica no existirían”, recuerda Padrón. Gracias a ese invento, este venezolano injustamente obviado por la historia local, mereció un lugar entre los grandes nombres de la ciencia cuando ganó el Premio John Scott: un galardón que había sido otorgado a Marie Curie por el descubrimiento del Radio, a Thomas Edison por la lámpara incandescente y a Alexander Fleming por el descubrimiento de la penicilina. Fernández-Morán, quien además fundó el Ivnic (antecesor del actual IVIC), comenzó allí la fabricación de estas cuchillas que eran donadas a distintos laboratorios del planeta. Pero aquel taller cerró sus puertas, ahora grandes firmas fabrican la cuchilla y la ofrecen a 2.000 dólares la unidad. Otra ironía en la vida de un científico brillante, que según calcula Padrón logró “más de 12 inventos distintos y 100 patentes”.

 


Vacunas de la lepra y la leishmaniasis
Las pócimas
de la felicidad

Dr. Jacinto Convit
De origen catalán, tiene 89 años, es casado y padre de tres hijos. Pertenece a la elite de médicos locales, es director del Instituto de Biomedicina del Hospital Vargas, estuvo postulado al Premio Nobel de Medicina y recibió el Premio Príncipe de Asturias en 1987. Dirigió a los equipos que descubrieron las vacunas de la lepra y la leishmaniasis: “Ellos seguro que son mejores que yo”. Aún trabaja cada día en nuevas investigaciones.

"Lo más feo de la lepra es el nombre. Lo segundo más feo es la ignorancia sobre este asunto"

El vigilante del estacionamiento del Hospital Vargas es un sujeto muy estricto. “Estos puestos están reservados”, advierte a todo aquel que intenta penetrar su territorio. “Vengo a entrevistar al doctor Jacinto Convit”, se desliza como posible salvoconducto. “Ahh, si es con el doctor Convit, sí. Y por favor, dígale que el señor del estacionamiento le dejó entrar sólo por él”, pide con su sonrisa de media dentadura. Para los trabajadores del hospital, Convit es un emblema de abnegación. Y eso que aún no saben que la Organización Mundial de la Salud (OMS) lo acaba de distinguir con el título de Héroe de la Salud Pública de las Américas; está claro que ellos no necesitan conocer la noticia para admirarlo y hacer concesiones en el estacionamiento a su nombre. Las vacunas contra la lepra y la leishmaniasis –ambas afecciones que producen ingratas lesiones en la piel y el espíritu– son aportes del médico y su equipo investigador a la salud pública del planeta.
Lo más feo de la lepra es el nombre. Lo segundo más feo es la ignorancia sobre este asunto. Más que el largo y engorroso proceso para dar con la vacuna –que ya tiene más de 25 años–, Convit lideró una cruzada en contra de las leproserías –pavorosos lugares donde confinaban a los enfermos– y la indiferencia gubernamental ante a la afección: “Nadie quiere oír hablar de esta enfermedad. Nosotros acabamos con las leproserías e hicimos una conspiración contra los sistemas de aislamiento involuntario”, dice Convit, cabello, cejas y bata blanquísimos. Un cóctel de BCG (vacuna antituberculosa que actúa como adyuvante para estimular la respuesta inmune del paciente) con Mycobacterium leprae (bacteria muerta por calor cultivada en el armadillo) conforman la vacuna. Hoy en día, con la aparición del tratamiento de poliquimioterapia se detuvo la producción de vacunas, aunque ésta es una medicación no preventiva y la incidencia de la enfermedad sigue en aumento. Por lo tanto, la OMS está promoviendo investigaciones sobre nuevos protocolos de vacunas contra la lepra. El modelo venezolano creado por Convit está reconocido por el departamento de Tropycal Disease Research de la OMS y ha sido aplicado exitosamente en países tan críticos como la India. En el caso de la leishmaniasis, a partir de 1987 desarrollaron en el Instituto de Biomedicina –templo de estudios criollos dirigido por Convit– otra mezcla también con BCG como adyuvante y promastigotes de Leishmania mexicana. “La creación de vacunas como la de la lepra y la leishmaniasis es sencilla. Nada de ingeniería genética. Es un procedimiento casi culinario. Todos los esfuerzos están dirigidos a buscar la felicidad del individuo”, asegura Convit con sus ojos azules sin edad.

Desinfectante Gerdex
La octava
maravilla

Rodney Martínez
Es administrador de formación, tiene tanto humor como tenacidad y gerencia una empresa que comercializa materiales médicos. Cuando llegó el viernes negro, vendía las películas que se toman tras las operaciones quirúrgicas. Ahora su empresa Rodeneza se concentra en la elaboración de Gerdex. Ya cuenta con varios reconocimientos internacionales y acaba de recibir un premio en Beirut entregado por la asociación Other Ways





“No es tóxico y aniquila la flora microbiana en 30 minutos, cuando los otros lo hacen en seis horas”


La invención de Gerdex –un desinfectante de alto nivel, utilizado en hospitales y clínicas– es una odisea criolla con todos los ingredientes de humor y tenacidad que implica esa categoría. Su inventor: Rodney Martínez, un administrador que se dedicaba a comercializar equipos médicos cuando llegó el funesto viernes negro. Su misión: decidió crear un anticorrosivo con la ayuda de un libro de 20.000 fórmulas industriales y sin más nociones de química que las aprendidas en bachillerato. A pesar de lo improbable que resultaba su propuesta, Martínez se entregó a ella durante dos años con fe a prueba de obstáculos. Su esposa lo apoyó hasta el punto que, a la hora de hacer los exámenes microbiológicos, vendieron desde el carro hasta la acción en el club. Gracias a esos estudios, obtuvo el veredicto. “En el IVIC me dijeron: no lograste un corrosivo, pero tienes tremendo desinfectante”. Algo es algo, se dijo. Allí vino la segunda prueba marital: vender la casa para costear la producción. “Durante un tiempo vivimos en un hotel de Sabana Grande, mi mujer, mis hijos, mi suegra y yo”, recuerda Martínez con el humor de las pruebas superadas. Luego de la odisea, el destino sólo podía ser benigno. “En el IVIC me dijeron: aquí tienes la octava maravilla y yo me morí de la risa”. Pero lo cierto es que su invento comenzó a generar beneficios inesperados. “Se demostró que no es tóxico y aniquila la flora microbiana en 30 minutos, cuando los otros lo hacen en seis horas”. Martínez comenzó a hacer desde las etiquetas, hasta enfrentar con cara de póker la frase de “¿Es venezolano? Entonces no lo compro”. Una vez más, venció la persistencia. “En 1987 lanzamos Gerdex y en 1995 teníamos 52% del mercado local”. El producto adquirió notoriedad no sólo en la desinfección de instrumentos médicos. Además, reveló virtudes inesperadas. “Ha sido utilizado con éxito en el tratamiento de personas quemadas”, asegura Martínez con pruebas en la mano. Aunque todavía no ha sido aprobado su uso como antiséptico, hay quienes lo emplean hasta para hacer gárgaras (incluido su inventor). A estas alturas, la apuesta de Martínez ha dado dividendos. No sólo surte al mercado nacional y latinoamericano. Tal es la demanda en Europa, que va abrir una planta en España y cuenta con el aval del Instituto Pasteur de Francia. “En Alemania lo han utilizado incluso para limpiar los establos contra el mal de las vacas locas”.


La Tosty Arepa
¿Cómo no se
nos ocurrió antes?

Fernando Rizkalla

Es el presidente y gerente general de Oster de Venezuela desde 1989. Nacido en Sao Paolo, Brasil, lleva 27 años trabajando en esa compañía; 13 de ellos en este país. Lanzó la Tosty Arepa a finales de 1997, después de un año de pruebas. A estas alturas calcula que su invención tiene “más de 10 copias distintas. Incluso hay quienes las fabrican en China y las venden aquí. Pero las nuestras se hacen en Barquisimeto y la gente las reconoce”, asegura.






“El suceso es facilitar lo que parece trivial”


Hay inventos tan obvios, que nadie los contempla. Quizá por ello, a veces hace falta una mirada externa para notar esas ausencias. Eso le ocurrió a Fernando Rizkalla, brasileño nacido en Sao Paolo y encargado de la Presidencia de Oster de Venezuela desde 1989. Aquí notó que el insaciable consumo de arepas merecía facilidades. “En 1987, se comían 16 mil millones de arepas al año en Venezuela. Eso es, 1.2 arepas por persona al día”, recuerda Rizkalla con el persistente acento que delata su procedencia. “Una de las dificultades al prepararlas era que todas quedaran iguales. La otra, disminuir el tiempo de cocción que entonces eran 25 minutos”. Con esa tarea en agenda, se emprendió un viaje al centro de la tradición para determinar qué grosor, tiempo de cocción y forma exacta debería tener la arepa ideal. Empresas Polar, artífices de la Harina Pan, ayudaron en las pruebas, incluso con el aporte de los “catadores de arepas”. Por su parte, Rizkalla consiguió, en uno de sus viajes a Hong Kong, un aparato que ayudó en la inspiración. “Era un electrodoméstico para hacer pies, pero con forma redonda”. La Tosty Arepa mereció un año de pruebas en la planta de Oster en Barquisimeto, y el trabajo conjunto de Rizkalla, el ingeniero Oswaldo Garcés y quien en ese momento era encargada de mercadeo y ahora es esposa del inventor: Leticia Rizkalla. (Todo invento tiene consecuencias inesperadas). En el ínterin, muchos vieron con recelo el énfasis en el electrodoméstico. “Había mucho escepticismo. Todo el mundo pensaba que hacer arepas en un aparato eléctrico no tenía chiste. Pero igual pasó con la arrocera en China. Se lanzó y fue un éxito”. El electrodoméstico criollo, capaz de cocinar cuatro arepas en siete minutos, también probó su buen tino. “A los tres meses del lanzamiento habíamos vendido 80.000. Fue tal la demanda, que en un momento no teníamos producción suficiente. Ya vamos por la tercera generación, es nuestro segundo producto líder y llevamos un millón vendidas”, saca las cuentas Rizkalla. Al final, vale la pena su moraleja.

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