Ciencia y democracia:
a propósito de
Humberto Fernández-Morán
Discurso de Incorporación
a la
Academia de Ciencias,
Físicas,
Matemáticas y Naturales
Jaime Requena, Sc.D.
Sillón XXVI
Caracas, 30 octubre 2002
Versión 3.0
|
A todas las que me han ayudado a honrar el legado de mi abuelo (Sillón XVIII) y mi padre (Sillón I); Clarita, Carolina, Tahio y Paola. |
Señor Doctor Leandro Aristeguieta
Presidente de la Academia
de Ciencias Físicas, Matemáticas y Naturales
Señores Académicos
Señoras Clara de Requena,
Tahio de Requena y Carolina y Paola Requena
Señoras y
Señores.
He
sido llamado a tomar posesión del Sillón XXVI ocupado por Humberto Fernández-Morán.
Como es costumbre me corresponde hacerle un elogio. Estando mi predecesor
ligado al origen de la moderna actividad científica y tecnológica nacional
y, habiendo escogido como tema para mi Trabajo de Incorporación el devenir
de nuestra ciencia y sus instituciones durante la segunda mitad del siglo
XX, me pareció conveniente adoptar una fórmula discursiva en que se combinasen
ambos asuntos. A pesar de existir una manifiesta
interrelación entre la vida de Humberto Fernández-Morán y la génesis del
moderno aparato de ciencia y técnica venezolano, este asunto ha sido poco
tratado. En efecto, casi todas las revisiones de sus aportes han estado
restringidas a un aséptico recuento de sus descubrimientos e invenciones.
Todo ello a cuenta de que su paso entre nosotros estuvo signado por una absurda
controversia política que pretendió mostrar a sus logros como accidentes
sin mayor influencia sobre nuestra comunidad o el mundo.
Cualquier
reseña de Humberto Fernández-Morán debe necesariamente referirse, tanto
a su papel como investigador científico, de amplio reconocimiento nacional
e internacional, como a su gestión como creador del
Instituto Venezolano de Neurología e Investigaciones Cerebrales (IVNIC),
institución clave en la generación y conformación del sistema nacional de
ciencia y tecnología. La tarea implica hacer primero un análisis –cuantitativo
y cualitativo— del curso histórico de los hechos e indicadores que pudieran
describir el desarrollo de la actividad de investigación científica y tecnológica
en el país. Hoy, en la medida de lo posible, limitado por la falta de recursos
visuales que impone este ilustre Paraninfo, trataré de esbozar los rasgos
más significativos del proceso –la profesionalización e institucionalización
de la actividad científica y tecnológica venezolana– uno de los grandes logros y éxitos de la democracia.
Humberto
Fernández Villalobos Morán nació en Maracaibo un 18 de febrero de 1924 y
muere el 17 de marzo del año 1999. Parte de su infancia transcurrió entre
su ciudad natal, Curazao y Nueva York. Cursó estudios de bachillerato en
Alemania y a los 15 años ingresó a la Universidad de Munich. En 1944, seis
días antes del día D y cuando apenas contaba 20 años de edad, en un sótano y bajo bombardeo aéreo, se graduó Summa
cum Laude en medicina. En 1945, en medio de la más atroz guerra, regresa
a Venezuela, obteniendo al año siguiente en la Universidad Central de Venezuela
la equivalencia a su título. Fernández-Morán nunca olvidó sus orígenes. Como
buen hijo de El Saladillo honró en todo momento y circunstancia a su raíz
maracucha; su tarjeta de presentación listaba como dirección postal, el Apartado
362 de Maracaibo.
En
1946, fascinado por la patología del sistema nervioso, entra como interno
residente en el hospital de la Universidad George Washington en la capital
estadounidense. En 1947 regresa a Europa, esta vez a Estocolmo, donde inicia
formalmente su carrera como investigador en microscopía electrónica en el
Instituto Nóbel de Física. Obtiene del Instituto de Investigaciones Celulares
y Genética del Instituto Karolinska el grado de Maestría en 1951 y de la
Universidad de Estocolmo el doctorado (Ph. D.) al año siguiente, probablemente
siendo uno de los primeros venezolanos en alcanzar ese grado académico. Durante
sus años de estudiante de doctorado en Suecia, Humberto Fernández-Morán,
se casó con Anna Browallius. Del matrimonio nacieron dos hijas, Brígida y
Verónica, la primera matemático y la segunda biólogo.
Humberto
Fernández-Morán fue electo a la Academia de Ciencias Físicas, Naturales
y Matemáticas el 18 de marzo de 1952 y se incorporó el 27 de mayo de 1953,
siendo recibido por el doctor Marcel Granier Doyeux. En su Sillón lo había
precedido el Académico Fundador, Don Siro Vásquez.
La Venezuela de principios
de siglo XX, era un país eminentemente rural, de vocación agrícola-pecuaria,
con un aparato industrial incipiente localizado en su zona central y de
escasa población que además vivía bajo condiciones de salud deplorables
y con mínimas posibilidades de acceso a un sistema educativo que, por lo
demás, era rudimentario y obsoleto. Era una nación gobernada por un régimen
dictatorial militar, sin compromiso alguno con el desarrollo social y cultural.
Un recurso material de primer orden -el oro negro- que había sido encontrado
en abundancia en los años veinte, gradualmente estaba generando ingresos
económicos nunca devengados por los renglones tradicionales de producción.
Todo hacía prever que Venezuela, si sembraba su petróleo y vivía bajo un
régimen de igualdad y libertades, podía estar en condiciones de contar, para
la segunda mitad del siglo XX, con una fuerza laboral saludable y educada,
capaz de enfrentar los retos de construir el país moderno que todos ansiaban.
Con el empuje
masivo que se le dio a la salud y a la educación
durante la década de los años 40, índices como los de mortalidad y morbilidad
o analfabetización y escolaridad, fueron llevados desde valores económicamente
incapacitantes a niveles socialmente pasables. Por ejemplo, mientras que la esperanza de vida de
un venezolano en los primeros años del siglo era apenas de 31 años, para
el año 1950 era casi de 54 años. En referencia a la educación, los niveles
de escolarización y alfabetización mejoraron substancialmente a partir del
año 1935. Para esos años la educación superior estaba, también, en
vías de modernización, lo cual se inició formalmente con la construcción de
la ciudad universitaria de Caracas, la creación de los institutos de investigación
de la Universidad Central de Venezuela y la puesta en práctica de programas
de mejoramiento del personal docente universitario. En efecto, a principio de siglo el país contaba con
dos universidades nacionales, con unos 100 profesores que atendían a 1.000
estudiantes. Cincuenta años más tarde, eran tres las universidades -Central,
Andes y Zulia, todas públicas- y atendían algo menos de siete mil estudiantes,
quienes deberían ser formados, como profesionales, por unos mil docentes.
Durante la primera
mitad del siglo XX, la actividad científica nacional continuaba siendo escasa,
obra casi exclusivamente de individualidades y limitada a los laboratorios
de docencia universitaria. Empero, vientos de cambios se empezaban a sentir
entre los pocos investigadores con que contaba el país para mediados de
siglo.
El IVNIC
En septiembre del año
1950, Humberto Fernández-Morán lanza una invitación a la modernización del
aparato científico nacional, mediante una propuesta de creación al Gobierno
Nacional de un Instituto de Investigaciones del Cerebro. La Venezuela de
esa época no contaba con ningún instituto de investigaciones de las características
y envergadura que Fernández-Morán anhelaba. Su propuesta iba más allá de
traer una nueva línea de investigación a los espacios universitarios. Conllevaba
elevar al rango de asunto de Estado a la ciencia y la tecnología. Requería
de la profesionalización y de la institucionalización de la actividad de
investigación y desarrollo. Enfrentada su propuesta a las condiciones de
la sociedad que pretendía modificar, no es de extrañar que hubiesen personas
que pensaron que ésta era una osadía mayúscula.
En
el año 1954, Fernández-Morán decide retornar definitivamente a Caracas después
de haber logrado persuadir al gobierno dictatorial de Pérez Jiménez de las
bondades modernizadoras de su propuesta, y así, el 29 de abril el Gobierno
Nacional decreta la construcción del Instituto Venezolano de Neurología
e Investigaciones Cerebrales (IVNIC), dándole por asiento el tope de una
montaña llamado Altos de Pipe. Se le encomienda a Fernández-Morán la constitución
de un grupo de científicos profesionales de renombre internacional y la
construcción de instalaciones y facilidades para investigación de primer
orden. En el año 1955 fueron inaugurados los Edificios de Administración
y de Medicina a un costo de 3 millones de dólares. En total se activaron
6 departamentos de investigación, talleres, biblioteca y residencias. La
inversión hecha por el país en el IVNIC durante el trienio 1954 a 1957 fue
una cantidad muy apreciable de la riqueza nacional, del orden del 0,1% del
PIB anual.
Los
trabajos científicos que Fernández-Morán llevaba a cabo en los Altos de
Pipe eran publicados en las más acreditadas revistas especializadas, granjeándole
una merecida fama. Para el año 1957, Humberto Fernández-Morán con sus inventos
y creaciones, pero más que nada por la creación del IVNIC, había logrado
alcanzar un prestigio -nacional e internacional- muy grande, casi hasta convertirlo
en el prototipo del hombre de ciencia venezolano. Empero, con el alzamiento
cívico militar del 21 de enero de 1958, los planes de Fernández-Morán se
vinieron abajo. Los acontecimientos políticos lo sobrepasaron y ante el rechazo
de la comunidad, no le quedó otro camino que, a mediados del año 1958, emigrar
a los Estados Unidos y convertirse así, en nuestro primer cerebro fugado.
En
1958 se inicia en Venezuela un modelo político democrático liberal, fundamentado
en los partidos como instrumentos principales de la participación ciudadana
en los asuntos públicos. El liderato que emergió el 23 de enero de 1958
estaba tan convencido como lo estaba Humberto Fernández-Morán de las bondades
de la ciencia y la tecnología como palancas del desarrollo integral. Pero
el proceso no era nada simple. Requería de la articulación de muchos factores,
algunos extraños a nuestra idiosincrasia y la organización de variados entes
operativos dentro de un sistema funcional. Tres factores lucían como esenciales:
1.-
La adopción por parte de la comunidad y con valor de paradigma, de las actividades
de investigación científica y de desarrollo tecnológico como instrumentos
de modernización social y medios para alcanzar la prosperidad.
2.-
La utilización racional de la importantísima infraestructura construida
en el IVNIC y
3.-
La conveniencia de circunscribir exclusivamente las actividades de investigadores
y tecnólogos al ámbito universitario.
Ninguno
de estos postulados era compatible con la figura de un personaje identificado
con la dictadura y que se pudiera erigir en el prototipo del investigador
científico para las nuevas generaciones de demócratas. Tampoco, en la nueva
sociedad que se estaba construyendo, había espacio para iniciativas que
reposasen sobre los hombros de un sólo hombre, aunque ellos fueran los de
Humberto Fernández-Morán.
El
trabajo gubernamental de organización de un moderno sector de ciencia y
tecnología nacional, comenzó por la reformulación del IVNIC. El 9 de febrero
de 1959, un decreto de la Junta de Gobierno de Venezuela, lo refunda como
el Instituto Venezolano de Investigaciones Científicas (IVIC). Se le define
un nuevo objeto: "La investigación fundamental y aplicada en las diversas
ramas de las ciencias biológicas, médicas, físicas, matemáticas y químicas,
y servirá de centro de capacitación avanzada y de consulta en esas ramas,
en particular del Ejecutivo Nacional ... y fomentará el interés por la ciencia
y patrocinará el desarrollo de estudios superiores y la dedicación integral
a la investigación científica".
Esta
última acotación, se constituye en un hito, ya que, con el pasar del tiempo,
devendría en una de los claves de la profesionalización de la actividad
investigativa en el país. En efecto, la observancia de esta obligación derivó
en la adopción en el IVIC de un órgano interno e independiente de control
de su personal científico: su Comisión Clasificadora: una instancia evaluadora
constituida por pares académicos internos y externos, que sería reproducida
por otros entes. Un principio de control interno muy propio del ethos científico.
Bajo
la dirección de Marcel Roche, el IVIC adoptó el modelo del Collège de France
bajo la premisa de "construir un instituto en torno a mujeres y hombres
calificados y darles el máximo posible de recursos, dejándolos en completa
libertad, sólo limitada por el presupuesto disponible para que definieran
su campo y lo cultivaran". Esta total libertad de investigación llevó al
Instituto a una diversificación de las áreas de experticia que cubría, lo
que no le permitió concentrar sus esfuerzos sobre la resolución de algún
gran problema nacional. Y es que lo crucial para Marcel Roche en el momento
de la refundación del IVIC fue generar un ethos particular para el investigador
venezolano.
El
modelo adoptado por parte de los gobiernos democráticos para la conducción
de los asuntos sectoriales, se establece en el año 1968 con la creación
del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Tecnológicas (CONICIT).
Bajo su rectoría se termina de configurar el modelo de coordinación horizontal
y de naturaleza intersectorial que operó en Venezuela durante la segunda
mitad del siglo XX.
En
esos años, en el sector público fueron creados variados entes operacionales,
académicos o con vocación hacia la esfera tecnológica-industrial, entre
los que sobresale el Centro de Investigación y Desarrollo de Petróleos de
Venezuela (o Intevep y creado en el año 1974), organización estrella por
su desarrollo de productos tecnológicos de alta rentabilidad, como ha sido
la Orimulsión. Estas iniciativas públicas, junto a las unidades de desarrollo
tecnológico en empresas del sector privado, como fueron las empresas Polar
con su "Harina PAN" y la Fundación Polar con su Premio, junto a la acción
gremial de la Asociación Venezolana para el Avance de la Ciencia (ASOVAC)
y otras asociaciones civiles, fueron también factores de la institucionalización
del sector ciencia y técnica venezolano.
El sector
público típico de un país latinoamericano representa alrededor de un 25%
del PIB, mientras que el de un país industrializado es cerca del 40%. Durante
la segunda mitad del siglo XX, el Estado venezolano ejecutó 3,31 billones
de bolívares constantes del año 1984 (o su equivalente US$ 264,49 millardos
de dólares constantes del mismo año o US$ 450,54 millardos
en dólares históricos). Durante ese período, el presupuesto general del
Estado ha representado, en promedio, un 23,3% de nuestro Producto Interno
Bruto.
En ciencia
y tecnología los países industrializados suelen invertir hasta 10 veces
más que los países menos desarrollados. La inversión en los países más desarrollados
es del orden del 2,5% de su PIB, mientras que los menos industrializados
dedican alrededor del 0,3% de su PIB. En el caso concreto de Venezuela (y
el pasar de los años ha sido el mejor testigo), la fracción de nuestra riqueza
que va para las labores de ciencia y tecnología ha sido del orden del 0,32%,
un índice considerablemente inferior al 1% que establece como mínimo recomendable
la UNESCO. Para el período comprendido entre los años 1954 –fecha de creación
del IVNIC e inicio de la actividad formal en ciencia y tecnología en el
país– y el año 2000, el Estado venezolano ha invertido en ciencia y tecnología
37,09 millardos de bolívares constantes del año 1984 (o su equivalente US$
2,96 millardos de dólares constantes del mismo año).
El
derecho al estudio y la igualdad de oportunidades fueron las premisas del
programa social de la democracia. Los esfuerzos de escolarización lograron
reducir el índice de analfabetización de 48,8% en el año 1950, a 34,8% en
el año 1961, a 22,1 % en el año 1971 y a 8,9% al fin del siglo. La matrícula
universitaria creció 2.183% entre 1955 y 1975 mientras que entre 1975 y
el fin del siglo, el incremento fue sólo del 373%. En el año 1960 la matricula
de educación superior era de 22.088 estudiantes repartidos en 9 universidades
con 2.054 docentes. Para el año de 1999, el país contaba con 146 instituciones
(40 universidades más 106 colegios universitarios) que daban cupo a 656.830
estudiantes de educación superior y 51.570 docentes.
A
finales del siglo XX, los graduados de las facultades de ciencias de las
universidades nacionales se han constituido en el principal insumo para el
sistema nacional de ciencia y tecnología, habiendo desplazado a médicos e
ingenieros, quienes eran los principales ocupantes de los mesones de investigación
venezolanos a mitad del siglo XX. Las facultades de ciencias han graduado
hasta el año 2000 a 9.819 profesionales, distribuidos en 3.155 biólogos,
761 físicos, 925 matemáticos, 2.447 en computación y 2.531 químicos.
Fundayacucho
ha financiado en sus 25 años de existencia 38.567 becas y 27.494 créditos
educativos. Para posgrado se beneficiaron 22.106 personas de los cuales 14.132
profesionales fueron al exterior. De ellos, 186 profesionales fueron formados
como doctores en diversas ramas del saber, pero sólo 90 de ellos obtuvieron
su título en áreas relativas a la ciencia y la técnica. El CONICIT entre
los años 1970 y 1999, financió los estudios de posgrado, tanto en el país
como en el extranjero, de unos 2.562 profesionales, 1.330 de ellos (un 54%)
accedieron al nivel doctoral y 1.007 al de maestría. De ese universo de becarios
del CONICIT, 1.448 fueron enviados al extranjero; de estos 994 alcanzaron
el grado de doctor. La diferencia, 336 profesionales recibieron el máximo
título pero en Venezuela. Por su parte, las principales universidades nacionales
contribuyeron con la formación de 818 profesores quienes obtuvieron en el
extranjero el grado de doctor, a través de sus programas de mejoramiento
docente.
Para
el año 1997 los posgrados de las universidades nacionales contaban con 26.287
estudiantes activos distribuidos entre las 194 opciones acreditadas, habiendo
producido para esa fecha unos 22.164 egresados, 12.311 de ellos en disciplinas
propias del quehacer científico y tecnológico. El país produce cada año
unos 67 doctores en áreas conexas a la ciencia y la técnica, liderizados
por la Universidad Central de Venezuela con una producción anual de 32 doctores.
En este contexto hay que resaltar la labor del Centro de Estudios Avanzados
del IVIC, el cual desde el año de su fundación, 1973, y hasta finales del
siglo, ha graduado 749 profesionales, 131 de los cuales han obtenido el
máximo grado, Ph.Sc. Hasta finales del siglo XX, nuestras instituciones
de estudios superiores le han conferido el título de doctor a 1.137 profesionales.
La capacidad nacional anual de producción de doctores en ciencia y tecnología,
normalizado por la población del país es de 3 doctores por cada millón de
habitantes, un índice muy bajo cuando se compara con el de países como Estados
Unidos, México o Chile. El primero produce 177 doctores por cada millón
de habitantes, mientras que el segundo y el tercero,
6 y 4 doctores por millón de habitantes
Durante
la segunda mitad del siglo XX, Venezuela envió al exterior a formarse en
el cuarto nivel de educación, unos 20.295 profesionales. 2.404 de ellos alcanzaron
el titulo doctoral. Si los sumamos al numero de doctores formados internamente,
unos 1.137 doctores, se concluye que Venezuela ha formado durante la segunda
mitad del siglo XX a un gran total de 3.541 doctores. Ellos se constituyen
en el capital humano de mayor formación académica formado por el país durante
la segunda mitad del siglo XX.
Para
el año 1983 Venezuela contaba con 2.493 “investigadores activos” censados
por el CONICIT. 65,6% de ellos fueron considerados “investigadores productivos”
por ser autores de al menos una publicación (1.636 profesionales con una
participación del 28.5% del género femenino).
Los
investigadores productivos habían acumulado para el año 1983, 10.884 trabajos.
821 investigadores productivos (26% del género femenino) habían publicado
5.239 artículos en revistas extranjeras indexadas. El mayor volumen de trabajos
publicados por la comunidad científica hasta ese año, se concentraba en las
ciencias exactas y naturales y el menor, en las ingenierías. El porcentaje
más alto de quienes publican fue ubicado entre los médicos (78,5%) y el
menor, entre los ingenieros (41,4%). Ellos, a su vez, representaban los
extremos de la productividad individual nacional: 10,43 vs.
3,62 publicaciones por investigador médico o ingeniero. De todos los médicos
graduados, 1,07% de ellos se dedicaron a la actividad investigativa. En
el caso de los ingenieros, 2,2% de todos ingresaron a las filas sectoriales,
mientras que, 16,7% de los egresados en biología, física o química se desarrollaron
como investigadores científicos y tecnológicos.
A
partir de estos datos, es posible calcular el índice de productividad. Se
encontró que hasta el año 1983 éste fue de 0,54 publicaciones por año y
por autor. Este índice es muy inferior al promedio de una institución nacional
como el IVIC y que fue del orden de 1,9 publicación por autor y por año.
Pero es que el IVIC ha sido la institución que más ha contribuido a la producción
de artículos originales indexados en el SCI, con un 27% (2.834 trabajos),
seguido por las universidades Central de Venezuela (24% o 2.489 trabajos),
los Andes (16% o 1.698 trabajos) y la Simón Bolívar (14% o 1.480 trabajos).
Durante las dos últimas décadas, el año “más productivo” para el país fue
1992, con 722 publicaciones indexadas, mientras que el año “menos productivo”
fue 1988, con apenas 357 publicaciones. En promedio, el país produce unas
521 publicaciones acreditada cada año. El costo unitario de generación de
una publicación para todo el sector en el año 2000 fue de 2,6 millones de
bolívares (constantes 1984) o su equivalente US$ 207 mil (constante para
ese mismo año).
Para
el año 1999, las instituciones de Educación Superior y los Centros de Investigación
y Desarrollo nacionales, contaban con 1.695 investigadores acreditados por
el Programa de Promoción del Investigador (o PPI). El mayor número de ellos,
443 investigadores (29%) trabajaba en la Universidad Central mientras sólo
168 investigadores (11%) prestaba sus servicios al IVIC. En general un 87%
de todos los investigadores del PPI prestaba sus servicios a alguna universidad
nacional,
Entre
esos investigadores del PPI, el IVIC contaba con el mayor número de investigadores
de máxima experiencia (Nivel III y Emérito) con un 39% (45 investigadores),
seguido por la Universidad Central con un 26% (30 investigadores). Contrariamente,
de los 342 investigadores que constituían el grupo con menos experiencia
(integrantes del nivel jerárquico Candidato del PPI) y quienes se suponen
conforman la generación de relevo, el mayor número de ellos trabajaba para
la Universidad de los Andes (19% o 69 investigadores), seguidos muy de cerca
por la Universidad del Zulia (17% o 62 investigadores). Mientras que el 94%
de los investigadores que conforman la generación de relevo prestan sus servicios
a alguna universidad nacional, el IVIC apenas llega a tener un 4% (o 15 candidatos).
El
42% de los investigadores perteneciente a la misma cohorte (año 1999) del
PPI estaban dedicados a investigar sobre asuntos propios de la biología,
medicina y ciencias del agro, siendo ellos los más numerosos del sistema.
Otro 16% de esos investigadores estaban dedicados a las labores de investigación
y desarrollo en las áreas de ingeniería, tecnología y ciencias de la tierra,
siendo ellos los menos numerosos de la comunidad. Un 22% de los investigadores
del PPI están dedicados a las ciencias básicas; física, química y matemáticas
ya que los biólogos están incluidos dentro de las ciencias biomédicas y
del agro.
El
PPI tenía acreditados en el año 1997, 1.435 investigadores y 187 de ellos
habían sido becarios de alguno de los programas del CONICIT. De ese grupo
de ex-becarios del CONICIT, sólo 135 profesionales habían recibido financiamiento
para obtener el titulo de doctor en alguna de las disciplinas científicas.
Visto que el CONICIT, desde que inició su programa de becas en el año 1970
y hasta el año 1997, había financiado la formación 1.101 becarios que alcanzaron
el titulo de doctor (o Ph.D), se puede concluir la eficiencia institucional
para producir material humano calificado para el sector es muy baja, del
orden del 9% al 12%.
La Venezuela
de fin de siglo sigue siendo un país de dimensiones poblacionales modestas,
mayoritariamente de gente joven, letrados y que viven en el medio urbano.
Continuamos siendo una nación petrolera, de vocación rentista. Contamos con
un aparato industrial concentrado sobre la zona norte costera y en el macizo
guayanés, moderno en lo tecnológico pero poco eficiente en lo productivo
por seguir acostumbrado a la protección estatal. El país de hoy día está
agobiado por problemas gerenciales agudos y carencias de gran envergadura.
La pobreza volvió a alcanzar índices similares a los que tuvimos en la época
de ruralidad del país. Desde mediados de la década de los años 80, la sociedad
venezolana no goza de crecimiento económico, después de los avances logrados
es ese rubro a partir del renacer de la democracia.
Aún
así, es mucho lo que se puede esperar de la Venezuela de fin del siglo por
su potencial humano, uno de sus grandes logros en los últimos cuarenta años
de ejercicio democrático. Los frutos más tangibles han sido en salud, educación
y ciencia y tecnología. Las grandes inversiones estadales durante la democracia
en el sector salud se han traducido en importantes mejoras; la expectativa
de vida a fin de siglo ha aumentado a casi 73 años. No obstante, endemias
que habían sido erradicadas están regresando y muchos venezolanos continúan
viviendo en condiciones de salud que todavía distan mucho de ser aceptables.
En educación sólo un 8,9% de la población es iletrada. Para el año 1999
el país contaba con 395.586 estudiantes universitarios en 40 instituciones
con 31.359 docentes. La mitad de las instituciones universitarias son privadas
y atienden a 105.881 estudiantes. Unos 5.906 docentes ordinarios de las
universidades oficiales tiene bajo su responsabilidad la formación de 147.697
estudiantes en las diversas áreas del conocimiento propias del quehacer
de la ciencia y técnica.
Consideraciones
estadísticas permiten establecer que, en los inicios del siglo XXI, el sector
ciencia y tecnología nacional cuenta con unos 2.424 investigadores, un tercio
más de los 1.810 investigadores registrados en la cohorte del año 2000 del
PPI. Ellos son hombres y mujeres que dedicados activamente al ejercicio
profesional de la investigación a tiempo completo, reportan sus resultados
mediante publicaciones en órganos de difusión apropiados. No obstante, dado
nuestro nivel poblacional, el país cuenta apenas con el 75% de los científicos
y tecnólogos considerados como el mínimo aceptable por la UNESCO. La gran
semejanza en el valor de los principales indicadores que describen a la comunidad
científica y tecnológica nacional para los años 1983 y 1999, como son la
productividad del investigador venezolano y el estancamiento del tamaño de
la comunidad de autores, hace pensar que el sistema de ciencia y tecnología
nacional, si no se ha venido deteriorando paulatinamente, se estancó en los
alrededores de 1983.
Con
el arribo del siglo XXI, la nueva administración cambió el modelo de gestión
de la actividad científico tecnológica en Venezuela y un Ministerio, dedicado
únicamente a la ciencia y la tecnología, ha sido la fórmula adoptada por
el país para enfrentar los retos que el nuevo siglo trae consigo y el ocaso
de la actividad investigativa nacional, detectado a partir del año 1983.
El modelo seleccionado por la Quinta República implica centralización de
la gestión operativa con control férreo de las instituciones subordinadas.
Es, sin duda, la apuesta más importante dentro de la reforma de la administración
pública, pero sobre ella pesan graves dudas y mucha preocupación acerca
de su conveniencia, pertinencia y eficacia. En cualquier caso, no hay duda
que en el año 1999 se cerro un ciclo histórico que se inició con la construcción
del IVNIC y finalizó con la desaparición del CONICIT.
En los albores del siglo XXI, nuestra
Venezuela cuenta con un respetable conjunto de instituciones dedicadas integralmente
al quehacer investigativo científico y de desarrollo tecnológico, donde,
organizada y metódicamente, hombres y mujeres formados profesionalmente,
se dedican a la búsqueda de nuevos conocimientos y diseñan para ellos, aplicaciones
de valor económico. Nuestra democracia
ha llevado a la ciencia y la técnica a ser el quehacer diario de muchos compatriotas,
con logros personales significativos, reflejados en sus importantes creaciones
o descubrimientos.
El
éxito temprano del IVIC, la organización de las facultades de ciencias de
las universidades nacionales, la acción del Concejo Nacional de Investigaciones
Científicas y Tecnológicas (CONICIT) y la formación masiva de recursos humanos,
primero en el extranjero y posteriormente en el país, por parte del programa
de becas de la Fundación Gran Mariscal de Ayacucho, así como los programas
de becas del IVIC, universidades nacionales, CONICIT y Foninves-Intevep,
se constituyeron en los elementos claves de la génesis, desarrollo y maduración
del sistema nacional de ciencia y tecnología.
Sirvan
estas palabras no sólo de reconocimiento a Humberto Fernández-Morán, sino
a todos los colegas, académicos, profesores universitarios, profesionales
y técnicos de nuestra profesión, quienes con su esfuerzo y sacrificio, poco
a poco, paso a paso y a través de estos cincuenta años, han conformado un
sector que puede ser exhibido con orgullo, como uno de los más grandes y
nobles logros de la actividad democrática venezolana.
Fuente: C:\My Documents\Docs\LibroHFM\DiscursoIncorporacion.doc
Palabras = 4707
Impresión: 11/08/2002